Romería 2016
Observación de la
transformación de un patrimonio.
Elizabeth Chaparro y Peredo
Octubre, 2016.
CIESAS-Occidente
En el informe que dio el Presidente Municipal de
Zapopan, Pablo Lemus, el miércoles 12 de “La Romería, Ciclo Ritual de la Llevada de la Virgen de Zapopan” (como
se denominó), sea declarada por el Estado como Patrimonio Cultural
Inmaterial en 2017, y en dos o tres años más como Patrimonio de la Humanidad por
la UNESCO. La iniciativa me parece razonable pues expertos y no expertos
coinciden[1]
en que se trata de un evento ritual de profundas raíces e importancia
identitaria, que ha sobrevivido a distintas crisis políticas y sociales como la
independencia, la revolución y la guerra cristera, además de que se ha
mantenido durante procesos como la
urbanización, la migración y la globalización.
Romería,
patrimonio cultural
En el Artículo 2 del Capítulo 1 de la Ley de Patrimonio Cultural del Estado de
Jalisco y sus Municipios se define el Patrimonio Cultural
como:
“constituido
por elementos y manifestaciones materiales e inmateriales de la actividad
humana y del entorno natural, a los que los habitantes de la entidad, por su
significado y valor, les atribuyen importancia intelectual, científica,
tecnológica, histórica, natural, literaria, artística, arqueológica,
antropológica, paleontológica, etnológica, arquitectónica, industrial y urbana”
(Decreto N. 24952/LX/14)[2].
En el Artículo 8 del Capítulo 2 se especifican los
tipos de expresiones y manifestaciones culturales, de entre las cuales destaco
las “Manifestaciones inmateriales”, descritas en la Fracción V, como los
usos sociales, rituales y actos festivos en los que cabrían peregrinaciones
como la Romería de la Virgen de Zapopan.
Se trata pues de una de las tradiciones más
importantes en el Estado de Jalisco, especialmente para los municipios de
Guadalajara y Zapopan, en donde tiene lugar, y que representa “un símbolo de
unidad, continuidad e identidad cultural y social”[3]. En éste sentido para la Organización de las Naciones
Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) el Patrimonio
Cultural Inmaterial son las “tradiciones orales, artes del espectáculo, usos
sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativos a la
naturaleza y el universo, y saberes y técnicas vinculados a la artesanía
tradicional”[4].
Es bajo estos esquemas que los gobiernos municipales de Guadalajara y Zapopan
promueven, desde 2015, el reconocimiento de la Romería como Patrimonio Cultural
ante el Estado y ante la UNESCO, sin embargo existen otros aspectos que habría
que destacar. Y es que no se trata solamente de un rito de peregrinaje y
exposición de símbolos religiosos, sino que es un fenómeno social que
convoca otras expresiones culturales como musicales y
dancísticas, rutas y caminos tradicionales, artesanías, juguetes y gastronomía,
todos elementos que alimentan la riqueza
y complejidad de la celebración.
Comida y
contexto festivo
La gastronomía fue el tema en el que centramos
nuestra observación durante el ejercicio etnográfico propuesto. En mi caso
personal, el interés por este tema surgió a raíz de los recuerdos de infancia,
de aquellas “llevadas de la Virgen” acompañadas de elotes, jericallas y
tejuino, además del interés por observar cómo se relacionan ahí, la fiesta
religiosa, la comida popular y la identidad de una comunidad. Cabe recordar que
la comida tradicional mexicana fue declarada en 2010 Patrimonio de la
Humanidad, por lo que también buscaba poder ver algunos elementos de esta
comida tradicional durante la Romería.
Las celebraciones, incluidas las religiosas, son
escenarios para el encuentro, la interacción y la comunicación, que transforman
el espacio y su sentido de manera temporal, “… la decoración de las calles y
plazas incorpora el bullicio popular, oficios y saberes diferenciados y
objetivados en artesanías y otros productos” (Salles, 1995, P. 31). Como en una
especie de feria en la que se incluye el acto propiamente religioso y en torno
a éste el resto de las actividades económicas, políticas, sociales y
culturales.
Por su parte la comida es un elemento que históricamente
ha acompañado a las celebraciones religiosas (y no religiosas), y que dota de
un carácter festivo al ritual, además de favorecer la sociabilidad, y propiciar
la expresión de la historia y la identidad a través del gusto (Sánchez, 2006) y
su materialización en los distintos platillos. En este sentido la Romería de
Zapopan ha sido tradicionalmente un espacio de venta de artesanía, alimentos,
antojitos y productos tradicionales que congrega a vendedores y consumidores de
la ciudad y foráneos.
Observación
de la comida en la Romería 2016
La idea inicial fue la de
observar el comercio y consumo de comida durante la festividad, además del tipo
de platillos que se encuentran, pero también el papel de la gastronomía como
elemento cultural típico de la Romería. El eje principal de la observación fue
el de “La tradición”, plasmada en la propia práctica comercial, en los
productos, ingredientes y procesos, o en el acto mismo de consumir tal o cual
platillo como parte de la tradición de “ir a llevar a la Virgen” (o “traer”
según sea el caso).
La noche del martes 11 llegué
aproximadamente a las 11 a Plaza Universidad, en donde ya se formaba una
multitud, y aunque aún había circulación de autos por avenida Juárez, la gente
que caminaba por ahí comenzaba a ganar terreno. Muchos caminaban hacia la
Catedral y otros hacia la estación Juárez del Tren Ligero, que ese día extendió
su horario de servicio. En la plaza,
donde se encuentra la Biblioteca Octavio Paz, un típico dúo de payasos de
esquina entretenían exitosamente a una inusual multitud que formaba un gran
círculo a su alrededor, se reía y participaba entusiasta de sus chistes. Más
adelante, en la esquina del andador Pedro Moreno y el andador Colón, un grupo
de “batucada” tocaba y bailaba ante una multitud más pequeña y aglutinada. A
partir de ahí y en todas las manzanas alrededor de la Catedral (las cuales se
caracterizan por tener pasillos con arcos, conocidos como “portales”) había
familias instaladas con sus “tendidos” de cobijas a manera de camas improvisadas,
provenían de lugares como Morelos, Zacatecas y el Estado de México. Descansaban
unos al lado de otros mientras muchos niños ya estaban dormidos, sin
importarles la música, el bullicio, y la gente que pasábamos entre ellos. Hasta
ahí aún no se veía ni se olía la comida, sólo algunas tortas y bolsas con
provisiones que llevaban los peregrinos.
Llegué a Plaza Guadalajara donde
la multitud era aún mayor y más densa, al parecer la gente se concentraba en
torno a la Catedral y sus entradas, en una fila interminable y zigzagueante de
fieles esperaron horas para poder entrar
y ver a la Virgen de Zapopan. En el mismo sitio estaba instalada la cabina
móvil de una estación de radio católica, un grupo de danzantes que preparaba
sus “pelucas”, familias que paseaban, gente que como yo sólo era expectante, y hasta
un “cholo” renovado que rapeaba versos de fe, esperanza y salvación. Aún no se
veía ni rastro de comida, sólo algún puesto de papas fritas que tampoco ofrecía
mucha esperanza a un estómago hambriento. Tampoco se escuchaban los tambores ni
suelas de metal de los danzantes, y el ambiente era bastante sobrio en general
en este espacio.
Caminé hacia Plaza de la
Liberación, en donde nos encontramos las integrantes del equipo[5]
y en donde pudimos observar otra multitud que se encontraba ahí, bailando y
respondiendo a las “provocaciones de fe” de un grupo que tocaban música
religiosa con ritmos populares arriba de un escenario. Y aunque en una tarde
cualquiera es muy común encontrar, en este sitio, puestos de elotes, verduras
cocidas y dulces, esa noche no había ninguno, y nuestro estómago ya comenzaba a
presionar. Caminamos juntas tratando de recorrer el espacio que ahí, en el
centro de la ciudad, estaría destinado a la Romería, y encontramos un grupo de
jóvenes, sobre la calle Liceo, que azotaban su chicote en una especie de
competencia de fuerza y masculinidad[6].
Continuamos y avanzamos entre danzantes y romeros que ya habían comenzado a
peregrinar sobre la avenida Juárez, conforme la ruta programada y hacia Zapopan;
y también pasamos entre familias que,
como ya mencioné, descansaban, dormían y convivían en los pasillos techados del
centro histórico, que en noches ordinarias son ocupados por los numerosos
indigentes que ahí duermen.
En la esquina de Hidalgo y Pedro
Loza, antes de cruzar hacia el templo de La Merced, percibimos con alegría el
olor a comida, a comida de calle, de cazo, vaporera y comal, cocinada al carbón,
por lo que continuamos en esa dirección. Cuando llegamos a avenida Alcalde, en
su cruce con Independencia, nos encontramos con un espacio amplio (esta avenida
se extiende por seis carriles), lleno de puestos iluminados que formaban tres
pasillos, los cuales se extendían hasta por cuatro cuadras hasta la calle
Garibaldi. Las dimensiones de los puestos iban del metro y medio, hasta los 6
metros aproximadamente, y su infraestructura variaba según el giro y el tipo de
preparación, en el caso de los alimentos.

Una vez habiendo cenado dimos
una vuelta a las cuatro cuadras destinadas oficialmente al comercio y encontramos
la diversidad de platillos y preparados que se menciona a continuación:
Botanas
- Elotes (con limón /crema)
- Verdura cocida
- Guasanas cocidas
- Cacahuates (cocidos, dorados)
- Semillas
- Papas fritas y “churritos”
- Tostilocos
- Chicharrones con salsa mexicana
Platillos
- Loches y tortas (estilo Santuario, ahogadas, de pierna, estilo Gema)
- Tamales
- Tostadas (de pierna, pata, pollo, panela)
- Tacos (de barbacoa, pastor, dorados, al vapor, enchiladas)
- Gorditas
- Pizza
- Hamburguesas
- Hot dogs
Bebidas
- Atole
- Rusas
- Agua de horchata y Jamaica
- Tejuino
Postres
- Pinole
- Buñuelos
- Gorditas de nata
- Pan
- Churros (tradicionales y rellenos)
- Pasteles
- Flanes
- Golosinas
Yo compré un buñuelo acaramelado y un par de pacheminas que vendía un muchacho originario de Toluca, quien llega a la ciudad cada año exclusivamente a vender en la Romería. Ese día llegó temprano para sacar el respectivo permiso, “y apenas ahorita a las siete, ya me puse”, nos comentó; a la tarde siguiente partiría a Morelos a vender en otra fiesta patronal y de ahí a otra en el Estado de México, y así iba constantemente. En el caso de la familia con la que cenamos, se componía de hermanas, hermanos y las sobrinas (así parecía), ellos eran de la zona metropolitana y solamente vendían su cena el día de la Romería en el centro de Guadalajara, no vendían ningún otro día en ningún otro lugar o fiesta. Esto de entrada me pareció extraño, pero después recordé la experiencia de una señora que conozco, quien para pagar una deuda vendió comida durante tres días en la Santa Convocatoria de la Iglesia de la Luz del Mundo, ya que esto le generaría una importante ganancia económica que le permitiría salir de un apuro económico.
La señora a quien compré el
buñuelo me comentó que ella vende de manera ordinaria en el Santuario de
Guadalupe, sólo cuatro cuadras más adelante, en el jardín, y que en otros años
le había convenido más asistir a la Romería, “ahora no vino casi gente”, dijo
mientras agregaba que el permiso fue más costoso y la venta menor, queriéndome
dar a entender que aún no había recuperado su inversión. Su tono era un tanto
de inconformidad, como el del chico de las pacheminas, sin embargo el ambiente
en general era aún de tipo festivo y la gente seguía paseando entre los
distintos puestos, la noche era aún joven por así decirlo, y aún podrían vender
más.
No fue necesario preguntar qué
alimentos eran los favoritos de los asistentes, ya que a simple vista se podía
decir que los predilectos son los tacos y tortas, seguidos de los antojitos de comal
y tamales, mientras que los menos demandados fueron los de ingredientes y
procesos más simples como las guasanas y cacahuates cocidos, pinole y semillas.
Tostilocos, churritos, papas preparadas y pizza representaban las opciones de
más reciente incorporación al repertorio culinario de la fiesta popular.
Podríamos decir que los
principales ingredientes presentes en aquel gran mercado provisional de comida
fueron la masa de maíz, la harina, el chile, el aceite o manteca, el frijol y
la carne, ingredientes característicos del menú nocturno (y en general) de gran
parte de los mexicanos (Riestra, 2002). También podríamos destacar el rol que
desempeñan las mujeres en la conservación y continuidad de la tradición, las
recetas y los saberes, ya que suelen tener mayor presencia y estar al frente de
la organización, producción y venta de los alimentos, mientras los varones se
limitan, en muchos casos, a cobrar o estar al pendiente de los
suministros.
Durante esa noche la avenida
Alcalde se convirtió en una feria de comida y antojitos que, por un lado y de
una sola vez, permitió observar el despliegue de prácticas y expresiones
culinarias de la identidad popular tapatía, aunque por otro, representó una
especie de “encapsulación” de este elemento que tradicionalmente se había
mantenido integrado al espacio, la ruta, el itinerario y las actividades. Este
año los comerciantes fueron incorporados como una cosa aparte en un espacio
“anexo” designado bajo el argumento de la logística y la protección civil, una
decisión que, de mantenerse, podría tener efectos en las características, relaciones
y dinámicas que dotan a la Romería de un carácter patrimonial. Fue en las
conversaciones de esa noche con los comerciantes que nos dimos cuenta de dos
aspectos importantes, uno fue el aumento en el costo del permiso (de $30 a $500
de un año a otro), y otro fue el cambio de la ubicación, “todavía el año
pasado, aunque ya era el mismo gobierno, nos dejaron allá de aquel lado”, se
refiere, el vendedor de rusas, a la Plaza Guadalajara. En esta ocasión no los
dejaron instalarse en otro lado, situación que corroboramos al día siguiente,
durante el trayecto de Guadalajara a Zapopan.
Por experiencia previa[8]sabía
que el día 12, durante el trayecto a Zapopan, el camino se convertía en una feria
en donde se podía encontrar una diversidad de opciones para desayunar. El
espacio de observación, para este otro momento, fue el tramo de la ruta que va
por avenida Américas, desde la calle Jesús García y hasta Avenida
Providencia, con inicio a las 8:45 horas y fin a las 10:30 de
la mañana. Al llegar caminé algunas cuadras por detrás de la ruta para avanzar
más rápido, por la calle Bernardo de Balbuena, y aunque se trataba de una zona
usualmente visitada por vendedores ambulantes de comida, esa mañana no logré
ver a ninguno. Fue unas cinco cuadras después, cerca de la glorieta Colón,
que encontré sólo un puesto de tacos de barbacoa que, según me comentó
el propietario, se instala en el mismo
lugar todas las mañanas de lunes a viernes. Como era de esperarse, y siendo de
los pocos puestos de comida cercanos a la zona, estaba abarrotado. Más
adelante, a la altura de la avenida Circunvalación, me incorporé a la masa que
caminaba por la ruta oficial, sobre avenida Américas, aunque aún no sabía si la
virgen venía detrás o iba más adelante, era difícil adivinar pues no había
indicios de ello. Un vigilante que miraba pasar a la multitud desde el interior
de una construcción me informó “no, pues la gente ahí va casi corriendo pero por aquí no ha pasado, yo
tengo aquí más de una hora y no la he visto pasar. No debe de tardar”, dijo al
momento que miraba su reloj, eran las 9:23.
El vigilante tenía razón pues sólo
avancé unas cuadras más, al cruce con avenida Pablo Neruda, cuando algunos aplausos
y ¡vivas! indicaban la cercanía de la Virgen, y me detuve a ver el convoy que
pasó muy rápido. Después la gente comenzó a dispersarse, aunque nunca dejo de
haber una multitud, unos iban al paso siguiendo a la Virgen, otros se le adelantaban
presurosos, otros regresábamos como paseando, y otros más desaparecían por las
calles de alrededor. Una vez más, la comida y el ambiente festivo, que
ésta imprime a cualquier actividad, brillaban por su ausencia. No sólo
mi estómago lo resentía, mientras
esperaba a que pasara la Virgen había escuchado a un niño decir a su mamá “ya
tengo hambre ¿a qué hora vamos a desayunar?”, mientras ella lo ignoraba y
estiraba el cuello para ver si ya venía la imagen esperada. Miré sus
pertenencias y no parecían traer provisiones, miré alrededor y tampoco había
dónde comprar algo, y aún faltaban más de tres kilómetros para llegar al “área
de comercio” y comida oficial. Supongo que más adelante llegaron al Oxxo o al
7Eleven, donde al parecer muchos habían comprado ya su café y galletas.
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Romería 2016. ECP |
Conforme iba regresando sobre
avenida Américas, por la llamada “zona financiera”, esperaba encontrar alguna
oferta gastronómica, ya fuera entre la multitud o entre las calles cercanas,
pero no encontré nada. Las calles aledañas a la zona estaban cerradas con vallas
de metal y custodiadas por dos policías a los costados, sólo algunos valientes
comerciantes desafiaban temerosos a la autoridad y hacían su venta a través
de la cerca. Sin embargo se trataba de pequeños comerciantes con alimentos
preparados (lonches de jamón, tamales colados y pan) y cantidades mínimas de
mercancía que, en caso de ser necesario, podían llevar en sus manos y
escabullirse, y es que, a decir de la
señora de los tamales, este año no los dejaron instalarse en la ruta. Otras
calles ni vendedores tenían, sólo la valla y los policías. Hacia Zapopan, por
la pendiente del Club de Golf, sólo se veía la multitud, de aquel lado estaría
mi compañera Verónica para continuar con la observación durante la última parte
del recorrido.

Conclusión
en la coyuntura
Habría que iniciar por
distinguir dos momentos distintos en el ejercicio de observación, uno nocturno
caracterizado por un “mercado de comida” dentro de un espacio determinado, y
otro matutino caracterizado por la ausencia de opciones en un entorno de paso.
Por otro lado ha sido relativamente fácil distinguir los dos puntos principales
en los que se concentró la comida, mientras que se observó que a lo
largo de la ruta se impidió el comercio ambulante, y solo los comercios
establecidos pudieron operar, beneficiándose de la segmentación que se hizo
de la comida con respecto al acto mismo de la peregrinación. Como ya comenté
los grandes beneficiados fueron las tiendas de conveniencia como Oxxo, 7Eleven
y Farmacias Guadalajara, quienes atendieron las necesidades de consumo de las
personas.
Es sabido que el ambulantaje
ha sido todo un tema para el actual presidente de Guadalajara, quien desde
el inicio de su gestión presentó un plan para “limpiar” las calles
(principalmente las del centro histórico[9])
de puestos, tendidos y carritos ambulantes. También se sabe que se ha mostrado
muy enérgico e inflexible al respecto, a tal grado de prohibir la instalación
de los tradicionales puestos de comida durante la verbena del 15 de septiembre
en la Plaza de la Liberación. Tan sólo 22 días antes de la Romería aún no se
había autorizado la presencia de los puestos de comida y vendedores ambulantes[10].
Quizás estas condiciones políticas expliquen en parte la tensión que se
percibía entre los vendedores, y que me hizo dar un giro al ejercicio para
enfocarme más en el aspecto meramente comercial, y es que era difícil ignorar
la atmósfera de prohibición y persecución que se advertía. Cabe destacar que el
edil de Zapopan, Pablo Lemus es más condescendiente en este sentido, algo que
también se notó en las calles y en la oferta de comida, según comentamos al
final en equipo.
Considero que éstas condiciones
no nos permitieron observar lo que, en mi caso, esperaba observar al inicio, la
comida no estaba integrada dentro de la Romería, ya no era parte de sino
algo anexo. Así perdía parte de su sentido, el de acompañar a los romeros en su
trayecto hasta Zapopan, hacer el camino menos pesado, y preparar al corazón
(con eso de que barriga llena, corazón contento). En mi caso particular no
pude observar los platillos tradicionales que sí se pudieron observar en la
cabecera zapopana, ni tampoco pude observar su consumo, sin embargo considero
que hemos sido testigos del proceso de transformación de una importante
tradición, y al menos dos elementos nos permiten verlo así. El primero lo
constituyen los cambios que ya hemos descrito en la disposición de los
espacios, el costo de los permisos, y el trato
a los vendedores ambulantes que debilitan las relaciones sociales
y desarticula las dinámicas entre danzantes, comerciantes, romeros, visitantes
y autoridades. El segundo es un tema que no desarrollo yo en lo particular pero
que ha sido abordado por Armando González Escoto[11],
y es el cambio de la ruta de la Romería, otro elemento que para las
autoridades podría no tener mayor relevancia, pero que, así como la comida,
dotan al rito de un sentido específico que enriquece su patrimonialidad. Ambas
situaciones son recientes, aunque su prolongación podría tener efectos
negativos en la celebración.
Las fiestas son también una oportunidad para la
reafirmación de discursos, valores, ideas e intereses, dice Salles (1995),
aunque en su caso sólo habla por las prácticas de la comunidad. Sin embargo, en
el caso de la Romería que observamos, vimos a grandes instituciones como la
iglesia y el Estado legitimar sus propios discursos, unos a través de la
homilía y el despliegue de símbolos religiosos, y el otro a través de sus
cuerpos de seguridad, autoridades viales, permisos y multas. En el caso de la
postura de los presidentes municipales, tendrían que ser muy cuidadosos para no
contradecirse y perjudicar, con las decisiones y los hechos, su iniciativa de
reconocer a ésta celebración como un patrimonio. No sea que con tal de
generar un evento “limpio” y “ordenado”, descompongan su composición.
Referencias
Ley del Patrimonio Cultural del Estado de Jalisco y
sus municipios. Decreto Número 24952/LX/14 publicado por el Estado de Jalisco
el 26 de agosto de 2014.
Ramos, Y. (2002). “Religión y comida” (235-252). En
CONACULTA, Cuadernos, Patrimonio cultural
y turismo. Memorias del Congreso sobre patrimonio gastronómico y turismo
cultural en América Latina y el Caribe. Tomo 1. Revisado en: http://www.cultura.gob.mx/turismocultural/publi/Cuadernos_19_num/cuaderno1_vol1.pdf
Riestra, M. (2002) “Gastronomía, cultura e
identidad” (343-352). En CONACULTA, Cuadernos,
Patrimonio cultural y turismo. Memorias del Congreso sobre patrimonio
gastronómico y turismo cultural en América Latina y el Caribe. Tomo 1.
Revisado en: http://www.cultura.gob.mx/turismocultural/publi/Cuadernos_19_num/cuaderno1_vol1.pdf
Salles, V. (1995). “Ideas para estudiar las fiestas
religiosas: una experiencia en Xochimilco” (25-40). Revista Alteridades, 5 (9). Consultado en: http://biblioteca.ues.edu.sv/revistas/10800278-3.pdf
Sánchez, A.V.(2006). “La fiesta del gusto: la
construcción de México a través de sus comidas” (9-25). Opción, revista de ciencias humanas y sociales. Año 22, No. 51.
Consultada en: file:///C:/Users/Usuario/Downloads/Dialnet-LaFiestaDelGusto-2477011%20(1).pdf
Tobin, J. (2002). “La Construcción Culinaria de la
Nacionalidad”. En Víctor Mariani (Ed.) La
cocina como patrimonio intangible. N. 6 Temas de patrimonio cultural.
Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de
Buenos Aires.
Notas
periodísticas
[1] Me refiero a trabajos de
investigación como los de Renée de La Torre, Armando González Escoto o Mary
Louise Pratt, pero también opiniones públicas como de Diego Petersen en el
diario local El Informador.
[2] Ley aprobada por decreto el
14 de agosto de 2014 y consultada el 11 de octubre de 2016 a través del sitio
de Transparencia del Gobierno del Estado: http://transparencia.info.jalisco.gob.mx/sites/default/files/Ley%20de%20Patrimonio%20Cultural%20del%20Estado%20de%20Jalisco%20y%20sus%20Municipios.pdf
[3] Así lo han manifestado
autoridades religiosas y de gobierno. Informe de resultados de la Romería 2016.
Publicado en el sitio del gobierno municipal el 12 de octubre y consultado el
mismo día en:
http://www.zapopan.gob.mx/la-romeria-2016-presento-una-jornada-con-saldo-blanco-en-los-municipios-de-zapopan-y-guadalajara/
[4] Consultado el 11 de octubre
de 2016 en la página de la UNESCO:
http://www.unesco.org/culture/ich/es/que-es-el-patrimonio-inmaterial-00003
[5]
Vero, Lety y yo. Elba llegó más tarde.
[6]
Después supe que éstos son los morenos
que acompañan la Romería durante la mañana del 12 disfrazados de mostruos y
animales.
[7]
Comprende todo artículo de manufactura china que usualmente son juguetes,
abanicos, amuletos, lámparas y artículos decorativos.
[8]
Cuando yo era pequeña solía ir con mi familia a la Romería, ya que nuestra casa
materna se encuentra a pocas cuadras de la avenida Ávila Camacho (ruta
tradicional) y a pocos kilómetros de la Basílica de Zapopan. Si no era cada
año, al menos fui unas cinco veces hasta los 12 años. Después de eso he ido
unas cuatro veces, ya sea para llevar a alguien a que aprecie el fenómeno que
por sí sólo llama la atención, o a ver a los danzantes, pero principalmente
para comer algo o comprar para comer después.
[9] http://www.milenio.com/region/Alfaro-plan_antiambulantaje-comercio_informal_0_622737763.html
[10]
“Si habrá buffet para los romeros” se lee en la columna Allá en la fuente del diario El Informador del 21 de septiembre.
[11]
En su columna Los Colores del Tiempo del 9 de octubre, titulada Patrimonio Cultural Intangible.